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Mamitis: 5 soluciones

Cómo solucionar el apego inseguro del niño con la mamá

Han pasado nueve meses, esperabas con ansias a tu bebé y finalmente pudiste tenerlo entre tus brazos. Después del segundo año de entrega casi incondicional, esperas que el pequeño adquiera más independencia y autonomía y te deje un poco de tiempo y espacio, pero no siempre ocurre así.

Esta situación se repite con frecuencia en muchos hogares. En el lenguaje popular se le conoce como “mamitis” y en términos psicológicos se denomina “apego inseguro”. Obviamente, no tiene nada que ver con el cariño, sino más bien con una dependencia excesiva que puede llegar a ser asfixiante para muchos padres, ya que el niño no les pierde ni pie ni pisada y no maneja bien los distanciamientos.

Aclarando conceptos

Se debe aclarar que el apego no es malo de por sí, de hecho, es deseable porque fomenta la seguridad en el niño y le hace sentirse querido.

Los niños que crecen con un apego sano se muestran más confiados en su vida adulta, se relacionan mejor con los demás y son más estables emocionalmente.

El desarrollo del apego comienza desde los primeros meses de vida, cuando el bebé es capaz de diferenciar a sus padres o cuidadores del resto de las personas. Más tarde, alrededor de los 6 u 8 meses, el pequeño comenzará a sentirse cohibido delante de las personas extrañas y a los 9 meses mostrará una reacción emocional mucho más intensa.

Durante ese periodo es normal que aparezca la ansiedad de separación; o sea, el niño no quiere desprenderse de la figura que representa su fuente de seguridad. Este comportamiento, que puede llegar a ser muy posesivo, tiene su punto álgido a los 2 años y se puede mantener hasta los 4 años, momento en el cual normalmente comienza a ceder.

Sin embargo, la «mamitis» es algo completamente diferente porque el niño no desea separarse de su madre en ningún momento y bajo ninguna circunstancia. No es un simple temor a que la madre se aleje, es que quiere estar cada minuto con ella y se resiste a que otras personas asuman sus funciones, por más triviales que estas sean.

Es probable que el niño no quiera que lo vista nadie más, que solo coma con su madre, llora cuando esta desaparece de su campo visual y la busca con ansiedad y manifiesta celos de las otras personas. En los casos más extremos, el niño no deja que la madre haga nada porque quiere estar constantemente en sus brazos o se mantiene aferrado a las piernas de la madre mientras esta se desplaza por la casa.

¿Cómo solucionarlo?

  1. Ármate de paciencia. Generalmente la mamitis no es sino una expresión de la inseguridad del niño por lo que es importante que seas paciente y que no te enfades con él. Intenta controlar la exasperación, porque este comportamiento solo servirá para acrecentar el problema. Mantente calmada.
     
  2. Fomenta su independencia. Bríndale ocasiones para que disfrute de la independencia, sin tu supervisión constante. Lo ideal es que le permitas hacer cosas que disfrute y que pongan a prueba sus capacidades. También se recomienda que le expliques que se está convirtiendo en un niño grande y que debe aprender a hacer algunas cosas por sí mismo.
     
  3. Despídete de forma rápida. No se recomienda que le abandones sin decírselo porque eso podría generar aún más ansiedad. En su lugar, dile que tienes que salir, dale un beso y no le des demasiado tiempo para procesar la información.La despedida debe ser rápida, utilizando un tono de voz que le transmita seguridad y determinación. El pequeño debe saber que, haga lo que haga, tendrá que quedarse.
     
  4. Déjale con alguien con quien se sienta cómodo. A menudo los niños se resignan a la separación si les dejas con alguien que les inspira confianza y seguridad, sobre todo si saben que pueden divertirse.
     
  5. Dosifica el alejamiento. No puedes pretender que la «mamitis» se cure de un día para el otro. Al principio, intenta que esos momentos de separación sean lo más cortos posible, poco a poco podrás ir aumentando el tiempo que estás fuera o la frecuencia de las salidas.

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